El diálogo con China, ¿pacto con el diablo?"
- Einjander
- 15 mar 2025
- 4 Min. de lectura
El acuerdo entre el Vaticano y China sobre el nombramiento de obispos, firmado en 2018 y renovado en 2020 y 2022, es uno de los temas más controvertidos del pontificado del Papa Francisco. Este pacto, que busca normalizar las relaciones entre la Santa Sede y el régimen comunista chino, ha sido visto por algunos como un paso necesario para proteger a los católicos en China, mientras que otros lo consideran una claudicación ante un gobierno que persigue y reprime a los creyentes. Desde una perspectiva crítica, este acuerdo plantea preguntas incómodas sobre el costo de la diplomacia vaticana y los límites del pragmatismo en la defensa de los derechos humanos.

China tiene una larga historia de tensiones con la Iglesia Católica, especialmente desde que el Partido Comunista llegó al poder en 1949. Durante décadas, los católicos chinos han estado divididos entre la Iglesia oficial, controlada por el Estado a través de la Asociación Patriótica Católica China, y la Iglesia clandestina, que permanece leal al Vaticano. Los fieles de esta última han sufrido persecución, encarcelamiento y vigilancia constante por parte del régimen.
El acuerdo entre el Vaticano y China busca superar esta división al permitir que el Papa tenga voz en el nombramiento de obispos, un gesto que, en teoría, unificaría a la Iglesia en China. Sin embargo, el pacto ha sido criticado por otorgar demasiado poder al gobierno chino, que sigue teniendo la última palabra en la selección de los obispos y mantiene un control férreo sobre las actividades religiosas.
Críticas al acuerdo y la tensión entre pragmatismo y principios
Uno de los principales argumentos en contra del acuerdo es que legitima a un régimen que viola sistemáticamente los derechos humanos, incluyendo la libertad religiosa. Aunque el Vaticano ha defendido el pacto como una forma de proteger a los católicos chinos, muchos creyentes clandestinos se sienten traicionados. Para ellos, el acuerdo no ha mejorado su situación, sino que ha fortalecido la posición del gobierno chino al darle un barniz de legitimidad internacional.
Además, el acuerdo ha sido criticado por su falta de transparencia. Los términos exactos del pacto no se han hecho públicos, lo que ha generado desconfianza y especulaciones sobre qué concesiones ha hecho el Vaticano. Algunos temen que el Papa Francisco haya sacrificado principios fundamentales, como la independencia de la Iglesia, en aras de un diálogo que beneficia más al régimen que a los fieles.
El actual dirigente de la iglesia católica ha defendido el acuerdo como un acto de realpolitik, argumentando que es mejor tener una presencia limitada en China que ninguna. Según esta lógica, el pacto permite a la Iglesia mantener un pie en la puerta, incluso si eso implica hacer concesiones dolorosas. Sin embargo, esta postura ha sido cuestionada por quienes creen que la Iglesia no debería negociar con regímenes opresivos, especialmente cuando eso implica poner en riesgo a los creyentes más vulnerables.
Desde una perspectiva crítica, el acuerdo con China plantea preguntas incómodas sobre los límites del pragmatismo en la diplomacia vaticana. ¿Hasta qué punto es aceptable hacer concesiones a un régimen autoritario en nombre de la "paz" o la "unidad"? ¿No corre el riesgo la Iglesia de perder su autoridad moral al aliarse con gobiernos que violan los derechos humanos?
Aunque el Vaticano ha insistido en que el acuerdo ha mejorado la situación de los católicos en China, la realidad parece ser más compleja. Según testimonios de creyentes clandestinos, la persecución no ha cesado, y en algunos casos incluso se ha intensificado. Muchos sienten que el acuerdo los ha dejado en una posición aún más vulnerable, ya que el gobierno chino ahora puede presentarse como un interlocutor legítimo ante la comunidad internacional.
Además, el acuerdo ha generado divisiones dentro de la propia Iglesia en China. Algunos obispos y fieles han aceptado el acuerdo como un mal necesario, mientras que otros lo ven como una traición a su fe y a su lucha por la libertad religiosa. Estas divisiones han debilitado la cohesión de la comunidad católica en China y han creado un clima de desconfianza y resentimiento.
Entonces, ¿es un pacto con el diablo?
El acuerdo entre el Vaticano y China es, sin duda, uno de los aspectos más polémicos del pontificado del Papa Francisco. Aunque el Papa ha defendido el pacto como una forma de proteger a los católicos chinos y promover la unidad de la Iglesia, muchos cuestionan si el costo ha sido demasiado alto. Al negociar con un régimen autoritario, el Vaticano corre el riesgo de perder su autoridad moral y de abandonar a los creyentes más vulnerables.
En última instancia, el acuerdo con China plantea preguntas fundamentales sobre el papel de la Iglesia en un mundo que cada vez acorta más sus distancias gracias a la rapidez en el intercambio de información y la viralización de contenidos ciudadanos, lo que también genera extremos de polarización y división entre culturas, países e idiosincrasias. ¿Debe la Iglesia priorizar la diplomacia y el pragmatismo, incluso si eso implica hacer concesiones dolorosas? ¿O debe mantenerse firme en sus principios, incluso a riesgo de perder influencia y presencia en ciertas regiones? Estas son preguntas que no solo afectan a la Iglesia en China, sino que tienen implicaciones globales para el futuro del catolicismo.
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