El Fútbol como teatro geopolítico: goles en la meta del poder
- Einjander
- 6 abr 2025
- 4 Min. de lectura
En la penumbra de un estadio, justo cuando las luces se encienden y el murmullo de la multitud se convierte en rugido, ocurre algo más profundo que un simple juego. El fútbol, ese ritual moderno que convierte a veintidós atletas en sacerdotes de un culto global, lleva décadas escribiendo con tacos y balones lo que los tratados diplomáticos apenas susurran en corredores burocráticos. El Mundial 2026 —ese coloso trinacional que unirá a México, Estados Unidos y Canadá— ya ha lanzado su primera jugada maestra: Irán, la selección persa que baila entre sanciones internacionales y tensiones geopolíticas, jugará todos sus partidos en territorio azteca, sin pisar suelo estadounidense. Este movimiento, aparentemente logístico, es en realidad un jaque mate simbólico en el tablero de las relaciones internacionales.
El filósofo Carl Schmitt, ese teórico alemán que desentrañó los mecanismos del poder, entendía la soberanía como la capacidad de decidir sobre el estado de excepción. Pues bien, el fútbol ha creado su propio estado de excepción: durante noventa minutos, las banderas se convierten en camisetas, los conflictos en rivalidades reguladas, y las fronteras en líneas de cal pintadas sobre el césped. Cuando Irán elija no cruzar hacia Estados Unidos —aunque técnicamente podría hacerlo— o, viceversa, siendo Estados Unidos anfitrión, decide que Irán no dejará caer ninguna entidad en su suelo patriótico, cualquiera de los dos estará ejerciendo un acto de soberanía performativa. No es que no puedan, es que, en el fondo, no quieren. México, en este ajedrez geopolítico, se convierte en esa casilla neutral donde los caballeros medievales deponían sus armas para dialogar. Un territorio liminar, como diría el antropólogo Victor Turner, donde las reglas del mundo exterior se suspenden temporalmente.
Michel Foucault, ese arqueólogo del poder que nos enseñó a ver las prisiones en los hospitales y las escuelas, habría encontrado en este Mundial un laboratorio fascinante. Los cuerpos de los jugadores iraníes —normalmente sometidos a rigurosos controles migratorios— se transformarán, por arte de un visado deportivo, en embajadas móviles. Sus tacos tocarán el césped azteca mientras sus pasaportes duermen en algún cajón de la federación. Es la biopolítica en su máxima expresión: el Estado decide qué cuerpos pueden moverse libremente y bajo qué condiciones. Mientras tanto, México, que podría haber concentrado sus partidos en casa para aprovechar la altitud y la pasión de su afición, cede espacios a sus vecinos del norte. Aquí resuena la voz de Achille Mbembe hablando sobre necropolítica: ¿quién decide qué naciones merecen la plenitud de su soberanía futbolística?
Jean Baudrillard, el profeta francés de la hiperrealidad, nos dejó una idea perturbadora: vivimos en un mundo donde las representaciones han reemplazado a la realidad. El fútbol es el reino perfecto de este simulacro. Recordemos el Mundial de Qatar 2022: mientras Rusia bombardeaba Ucrania, la FIFA prohibía las banderas ucranianas en los partidos rusos. El mensaje era claro: aquí solo existe el conflicto que nosotros delimitamos. En 2026, cuando Irán juegue en México evitando Estados Unidos, estaremos ante otro acto de esta comedia hiperreal. El conflicto existirá —latente, omnipresente— pero solo como telón de fondo, como un guiño entre líneas que todos entenderán, pero nadie nombrará.
El artista británico Banksy, en una de sus obras más célebres, pintó a un niño palestino revisando los bolsillos de un soldado israelí caído, buscando tal vez, un balón. Esa imagen captura la esencia del fútbol como territorio de contradicciones: un juego que puede ser a la vez herramienta de opresión y arma de resistencia. Diego Maradona, ese genio contradictorio que firmó el gol más político de la historia (el "Manos de Dios" contra Inglaterra en 1986), entendía esto mejor que nadie. "Ese gol fue como robarle la billetera a los ingleses después de que nos robaron las Malvinas", diría años después, convirtiendo un gesto deportivo en un acto de justicia poética.
El escritor Albert Camus, que fue portero antes que filósofo, dejó escrito: "Todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol". En 2026, cuando el árbitro pite el primer partido iraní en el Estadio Azteca, esa sabiduría adquirirá nuevas capas de significado. Veremos cuerpos que esquivan fronteras, banderas que ondean en territorios que sus gobiernos no reconocen, e himnos que suenan en ciudades que oficialmente son "enemigas".
El poeta Eduardo Galeano, ese uruguayo que escribió con tanta pasión sobre el fútbol, nos dejó una advertencia: "El fútbol es el espejo del mundo, pero un espejo que a veces devuelve imágenes distorsionadas". En 2026, ese espejo reflejará nuestras contradicciones más profundas: celebramos la unidad mientras fortificamos los muros, hablamos de deporte puro mientras cargamos cada pase con significado político, y cantamos "todos somos iguales" mientras algunos son más iguales que otros.
Cuando el balón ruede en Norteamérica, no estaremos viendo solo un torneo deportivo. Estaremos presenciando el último acto de esa vieja obra llamada "geopolítica", donde los actores vienen equipados con botines en lugar de botas militares, y donde los goles valen más que los discursos en la ONU. Como escribió el dramaturgo Bertolt Brecht: "El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma". El fútbol, ese arte accidental, sigue moldeando el mundo a su manera: un regate a la vez, un partido a la vez, un Mundial a la vez.
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