Gastronomía e identidad: la expresión latinoamericana
- Einjander
- 2 abr 2025
- 3 Min. de lectura
El aroma del maíz tostado en un comal mexicano, el sonido del aceite burbujeando al recibir una arepa venezolana, el color violento del ají en un ceviche peruano... estos no son meros actos culinarios, sino ceremonias filosóficas donde América Latina se piensa a sí misma. La gastronomía en nuestro continente opera como un sistema de pensamiento complejo, un lenguaje cifrado que contiene nuestras contradicciones históricas, nuestros traumas coloniales y nuestras más audaces esperanzas de identidad.
La Cocina como Archivo Histórico
Cada plato latinoamericano es un palimpsesto donde se superponen las capas de nuestra historia. Tomemos el caso del mole poblano: en su salsa oscura conviven el cacao venerado por los aztecas, los chiles que ardieron en los braseros prehispánicos, las especias que cruzaron océanos en galeones españoles y las técnicas africanas de molienda. Este sincretismo no es casual, es la materialización de lo que el filósofo Edouard Glissant llamaría una "poética de la relación", donde identidades forzadas a coexistir terminan creando algo nuevo y poderoso.
La feijoada brasileña cuenta una historia similar: los frijoles negros y la carne de cerdo, partes descartadas que los esclavos transformaron en emblema nacional, son un recordatorio culinario de lo que Walter Benjamin entendía como la necesidad de "cepillar la historia a contrapelo". Estos platos no solo alimentan cuerpos, sino que preservan memorias que los libros oficiales suelen omitir.

Geopolítica en el Plato
La distribución de ingredientes básicos en el continente dibuja un mapa de relaciones de poder. El maíz, divinizado por los mesoamericanos pero convertido en monoculturo industrial en el Cono Sur, revela las tensiones entre lo sagrado y lo mercantil. La papa, domesticada en los Andes pero globalizada por el imperio británico, encarna lo que el sociólogo Boaventura de Sousa Santos denomina "epistemicidios", lo que es el exterminio de saberes originarios en favor de lógicas coloniales.
El caso del café es particularmente elocuente: mientras Brasil lo produce en masa para exportación, Colombia lo mitifica en la figura de Juan Valdez, y Cuba lo politiza en sus "cafetales de la memoria". Tres relaciones distintas con el mismo producto, tres formas de habitar el capitalismo global desde la periferia.
La Ontología del Sabor
Más allá de su dimensión histórica, la comida latinoamericana plantea preguntas ontológicas profundas. ¿Por qué el acto de moler maíz para hacer tortillas sigue siendo un ritual cotidiano después de cinco siglos de colonización? ¿Qué significa que el ají, que los mapuches consideraban sagrado, hoy sea industrializado y envasado?
El filósofo mexicano Leopoldo Zea proponía que América Latina piensa desde "la barbarie" (entendida como lo no-europeo). Nuestra cocina confirma esta tesis: mientras la gastronomía francesa codifica y estandariza, la nuestra celebra el mestizaje y la improvisación. Un tamal no necesita medidas exactas, como tampoco un son cubano requiere partitura. Aquí, como señala el antropólogo Néstor García Canclini, lo culto y lo popular se hibridan en fogones que son laboratorios de identidad.
Futurismos Culinarios
Hoy, cocineros como Virgilio Martínez (Perú) o Enrique Olvera (México) están reinventando la tradición con técnicas vanguardistas, pero su trabajo sigue siendo profundamente filosófico. Al deconstruir un plato como el pozole o recrear altitudes andinas en espumas, están planteando preguntas sobre la autenticidad, la memoria y la posibilidad de una identidad latinoamericana en la era global.

Estos chefs, quizás sin saberlo, retoman la propuesta del crítico uruguayo Ángel Rama: construir una "ciudad letrada" donde lo ancestral y lo moderno dialoguen. Sus cocinas son las nuevas catedrales donde se está definiendo qué significa ser latinoamericano en el siglo XXI.
El Banquete de Babel
En un continente fracturado por idiomas, fronteras y desigualdades, la cocina sigue siendo el lenguaje común que todos entendemos. Cuando un argentino y un mexicano discuten sobre fútbol puede haber rivalidad, pero cuando comparten un asado con tortillas, aparece esa hermandad subterránea que ni los estados nacionales ni las políticas migratorias han logrado destruir.
La gastronomía latinoamericana es nuestra filosofía más accesible y profunda. En cada mordisco a una arepa, en cada sorbo de café, en cada cucharada de mole, hay un tratado sobre resistencia, creatividad e identidad. Como escribió el poeta Pablo Neruda en sus "Odas elementales", estos sabores son "la patria que llevamos en la boca".

Mientras los gobiernos discuten tratados de libre comercio, los pueblos siguen tejiendo su unidad en mercados, cocinas y mesas compartidas. Quizás allí, en ese acto cotidiano de cocinar y compartir, esté la verdadera integración latinoamericana que los discursos políticos nunca han logrado concretar. Después de todo, como decía el chef brasileño Alex Atala, "la gastronomía es el arte que nos recuerda que, antes que ciudadanos de países, somos habitantes de la Tierra".
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