Instrucciones para subir una escalera: Cortázar, gravedad y la paradoja algorítmica
- Einjander
- 3 abr 2025
- 3 Min. de lectura
Prólogo: El escalón que nos separa de nosotros mismos
Cuando Julio Cortázar publicó en 1962 su Instrucciones para subir una escalera, el texto se leyó como una sátira surrealista de los manuales de uso. Hoy, seis décadas después, aquella prosa lúdica adquiere el carácter profético de un jeroglífico existencial. ¿Qué intuía el autor al descomponer ese acto trivial en 27 pasos absurdos? Acaso presentía que llegaría un tiempo en que la humanidad necesitaría instrucciones no para ascender peldaños, sino para recordar que puede hacerlo.
Hoy, proponemos una lectura filosófica de aquel texto cortazariano como advertencia ante nuestra creciente dependencia tecnológica. Un análisis que vincula la física newtoniana con la fenomenología, la teoría del cyborg con la poética de lo cotidiano, para responder: ¿Qué perdemos cuando delegamos hasta el gesto más elemental en sistemas artificiales?
El acto de subir escaleras implica una inteligencia corporal que Maurice Merleau-Ponty analizó en Fenomenología de la percepción: el pie calcula alturas sin conciencia, la mano busca el pasamanos como extensión del equilibrio, los músculos se tensan en secuencias precisas. Esta "lógica carnal" —como la llamó el filósofo— opera en un plano pre-reflexivo.
Cortázar, al verbalizar lo implícito ("El primer escalón se toma con la pierna derecha..."), realiza una operación inversa a la tecnología actual: donde los algoritmos convierten acciones en datos, él convierte datos en literatura. Su texto revela lo que perderíamos si un día necesitáramos una app para caminar: esa sabiduría silenciosa del cuerpo que constituye nuestro ser-en-el-mundo.
Subir escaleras es un acto de rebelión contra la gravedad -esa fuerza que, según Newton-, nos ata a la tierra. Cada peldaño superado es un pequeño vuelo controlado, una victoria momentánea sobre la ley física que nos define como seres terrestres.
Albert Camus, en El mito de Sísifo, transformó el ascenso en alegoría del absurdo humano. Cortázar, al mecanizar ese gesto rebelde, parece anticipar nuestra época: cuando los ascensores inteligentes y las escaleras mecánicas nos roban hasta el placer de vencer la gravedad por nuestros medios, ¿no nos convertimos en versiones domesticadas de Sísifo? El hombre contemporáneo ya no rueda piedras cuesta arriba; delega el esfuerzo a motores que ni siquiera comprende.
El filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han alerta sobre la "sociedad del cansancio", donde la hiperconectividad produce una paradoja: cuantas más herramientas tenemos para ahorrar esfuerzo, más agotados nos sentimos. La escalera —esa máquina ancestral que exige participación corporal total— se vuelve así un artefacto subversivo.
Cortázar, al convertir el acto motor en instrucciones escritas, prefigura esta alienación: cuando necesitemos tutoriales para acciones orgánicas, habremos completado la escisión entre mente y cuerpo que Descartes inició. La inteligencia artificial no es el problema; el problema es nuestra disposición a cederle hasta la autonomía motriz más básica.
Toda escalera es un teorema físico practicable: la relación entre altura y profundidad del peldaño (2H + P = 63 cm) optimiza el gasto energético. Pero también es un poema espacial donde cada escalón es un verso que modifica nuestro punto de vista del mundo.
Al delegar este conocimiento en sistemas automatizados, perdemos algo más que ejercicio físico: perdemos la experiencia de habitar las matemáticas con nuestro cuerpo. Como escribió Gaston Bachelard: "La verticalidad es una de las pruebas más constantes del ser humano". Renunciar a conquistarla por nuestros medios es renunciar a una dimensión esencial de nuestra humanidad.
Cortázar jugaba a desarmar lo obvio para revelar su extrañeza original. Hoy, su texto debería leerse como llamado a recuperar lo que nunca debimos olvidar: que somos animales verticales, diseñados por evolución para desafiar la gravedad con nuestros propios músculos.
Antes de que las interfaces cerebro-computadora nos permitan "subir" escaleras con un pensamiento, valdría la pena detenerse en ese momento mágico donde el talón abandona el suelo, donde por un instante —como el personaje de Rayuela— flotamos entre dos mundos. Porque como advirtió Heidegger: solo el que asciende por sus medios puede comprender lo que significa estar-en-altura.
La próxima vez que enfrentes una escalera, querido lector, rechaza el ascensor. No por nostalgia, sino por rebelión. Cada peldaño subido es un verso que escribes en el poema de tu autonomía. Y como bien sabía Cortázar, algunas instrucciones están para ser desobedecidas.
Posdata filosófica
Este ensayo fue escrito por un humano que subió seis pisos por escaleras para comprobar que aún podía hacerlo. El único algoritmo involucrado fue el de sus neuronas espejo, y el único software utilizado, su cerebro entrenado en caídas y recuperaciones desde la infancia. Las erratas, si las hay, son marcas de autenticidad.
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