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La conexión precolombina y mitológica entre Asia y América

  • Foto del escritor: Einjander
    Einjander
  • 13 may 2025
  • 4 Min. de lectura

El ser humano ha construido su historia sobre cimientos de certezas que, con el tiempo, se revelan frágiles. Entre estas certezas derrumbadas se encuentra aquella que nos enseñaron en la escuela: que las civilizaciones de Asia y América evolucionaron en completo aislamiento hasta 1492. Sin embargo, cuando observamos con detenimiento los vestigios arqueológicos, los mitos fundacionales y hasta ciertas coincidencias biológicas, surge una pregunta incómoda: ¿realmente estos mundos estuvieron siempre separados?


La historia oficial nos cuenta que Cristóbal Colón "descubrió" América, pero ¿qué pasa si el océano Pacífico, lejos de ser una barrera infranqueable, fue en realidad una carretera líquida por la que transitaron navegantes desconocidos siglos antes? Esta posibilidad, que durante mucho tiempo fue considerada herejía académica, gana cada vez más terreno a la luz de nuevas evidencias.


Las Huellas en la Arena del Tiempo

En las selvas de Veracruz, México, las colosales cabezas olmecas nos miran con rostros que desafían cualquier explicación convencional. Sus ojos almendrados, sus pómulos altos y sus rasgos claramente no nativos, han llevado a investigadores como Miguel Covarrubias a plantear conexiones transpacíficas desde mediados del siglo XX. No se trata solo de una semejanza física con tribus africanas o asentamientos asiáticos: los motivos iconográficos olmecas muestran sorprendentes paralelismos con el arte de la dinastía Shang en China.


El jade, esa piedra sagrada para tantas culturas antiguas, podría ser la clave de este misterio. Betty Meggers, arqueóloga del Smithsonian, documentó piezas de jade en Mesoamérica con inscripciones casi idénticas a las utilizadas en China durante el segundo milenio antes de Cristo. ¿Cómo explicar esto sin algún tipo de contacto cultural?


La evidencia biológica añade más leña a este fuego revisionista. La humilde batata, originaria de América, aparece misteriosamente en Polinesia siglos antes de Colón. Los análisis genéticos publicados en Nature en 2018 confirmaron este viaje imposible según la historia convencional. Más intrigante aún es que los polinesios llamaban a este tubérculo "kuumala", palabra sospechosamente similar al término quechua "kumara".


Si aceptamos que algunos contactos ocurrieron, ¿quiénes fueron estos audaces navegantes? Las respuestas podrían estar en los anales históricos de China. El almirante Zheng He, durante sus legendarias expediciones marítimas entre 1405 y 1433, comandó una flota tan grande que hacía parecer a las carabelas de Colón como simples botes de remos. Un controvertido mapa atribuido a Zheng He muestra con inquietante precisión las costas americanas.


Gavin Menzies, en su polémico libro "1421", propone que los chinos llegaron a América setenta años antes que Colón. Pero quizás lo más revelador son los antiguos registros budistas que hablan de "montañas flotantes" al este, descripciones que podrían corresponder a los volcanes de América Central.


La Resistencia de la Academia

Ante estas evidencias, ¿por qué persiste tanto escepticismo académico? La respuesta podría estar en lo que Carl Jung llamó "la sombra" de nuestra conciencia colectiva. Para la mentalidad occidental, especialmente la europea, aceptar que hubo contactos precolombinos significa derribar varios mitos fundacionales.


Primero, socava el relato del "descubrimiento" de América, piedra angular de la identidad colonial. Segundo, desafía el excepcionalismo cultural que ve a cada civilización como un desarrollo aislado y autónomo. Tercero, nos obliga a reconsiderar la historia de la navegación, mostrando que los pueblos "primitivos" eran capaces de hazañas marítimas que Europa no lograría hasta siglos después.


En este punto, la discusión inevitablemente nos lleva al terreno de las leyendas. Platón habló de la Atlántida, los textos védicos mencionan a Rutas, y las tradiciones polinesias hablan de Hawaiki. ¿Podrían estos mitos ser ecos distorsionados de un tiempo en que los continentes estaban conectados de formas que hoy apenas comenzamos a vislumbrar?


Las estructuras submarinas de Yonaguni, cerca de Okinawa, siguen generando debate. Para el geólogo Robert Schoch son formaciones naturales, pero el arqueólogo Masaaki Kimura ve en ellas los restos de una ciudad construida hace más de 10,000 años. Si Kimura tiene razón, estaríamos ante una prueba física de que las aguas del Pacífico ocultan secretos que podrían reescribir nuestra comprensión del pasado humano.


Hacia una Nueva Conciencia Histórica

Los últimos estudios genéticos muestran marcadores polinesios en pueblos indígenas sudamericanos. Las lenguas parecen compartir raíces comunes que la lingüística tradicional no puede explicar. Las tecnologías navales de pueblos separados por océanos presentan similitudes inquietantes.


Quizás la verdad no sea que existió un continente perdido, sino que los océanos fueron surcados con mucha más frecuencia de lo que imaginamos. Que hubo una época, borrada por el tiempo y los cataclismos, en que el Pacífico no separaba mundos, sino que los unía.


Como escribió Jorge Luis Borges: "La historia universal es la de un solo hombre". Hoy, a la luz de estas nuevas evidencias, podemos vislumbrar una historia más compleja, más rica y más interconectada de lo que jamás habíamos imaginado. Una historia en la que los continentes siempre estuvieron unidos, no por puentes de tierra, sino por la audacia de navegantes olvidados cuyo legado apenas comenzamos a redescubrir.


Este no es solo un ejercicio deductivo. Es una invitación a reconsiderar nuestro lugar en el gran tapiz de la historia humana, donde los hilos de Asia y América quizás nunca estuvieron tan separados como nos hicieron creer. Las implicaciones son profundas: si aceptamos que el mundo estuvo conectado antes de lo que pensábamos, ¿qué otras "verdades" históricas deberíamos cuestionar?


El viaje de descubrimiento apenas comienza, y cada nueva evidencia nos acerca a una comprensión más matizada de nuestro pasado compartido. Como los antiguos navegantes que surcaron el Pacífico guiados por las estrellas, nosotros hoy navegamos un mar de información, buscando ese horizonte donde la historia y la leyenda finalmente se reconcilien.

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