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La Corona: El Espejo Dorado de la Historia"

  • Foto del escritor: Einjander
    Einjander
  • 9 abr 2025
  • 3 Min. de lectura

La monarquía británica siempre ha sido, ante todo, un ejercicio de narrativa magistral. La Corona, la serie que ha desentrañado con bisturí de joyero los secretos del reinado de Isabel II, no hace sino continuar esa tradición milenaria: convertir el poder en relato, la historia en melodrama, y la verdad en una ficción más persuasiva que los documentos oficiales.


Desde su primer fotograma, la serie nos enfrenta a una paradoja fundamental: al dramatizar los eventos que forjaron la Gran Bretaña del siglo XX —la crisis de Suez, el escándalo Profumo, la tragedia de Aberfan, el turbulento matrimonio de Carlos y Diana—, ¿está revelando las entrañas del sistema monárquico o construyendo un nuevo mito acorde a nuestra era digital?


Jean Baudrillard, ese filósofo francés que anticipó nuestra obsesión por lo virtual, bien podría haber analizado La Corona como el ejemplo perfecto de su teoría del simulacro. Claire Foy y Olivia Colman no interpretan a Isabel II, la mujer de carne y hueso; interpretan la imagen pública de la reina, esa construcción cuidadosamente pulida que durante setenta años sirvió como escudo emocional de la nación. Es un juego de espejos donde la copia (la actriz) imita a otra copia (la figura institucional), dejando en duda dónde termina la persona y comienza el personaje.


Michel Foucault hubiera encontrado en la serie un catálogo de sus teorías sobre el poder. Cada gesto protocolario, cada mirada gélida intercambiada en los corredores de Buckingham, cada sonrisa forzada durante un discurso público, demuestran cómo la monarquía ejerce su dominio no mediante decretos, sino a través de una red invisible de rituales y silencios. La escena donde la Reina Madre —interpretada con precisión venenosa por Helena Bonham Carter— destruye el romance entre la princesa Margarita y Peter Townsend sin alzar la voz, usando solo el peso de la tradición como arma, es pura biopolítica foucaultiana: el poder que moldea los deseos más íntimos.


Pero La Corona va más allá de simplemente exponer estos mecanismos. Al convertirlos en drama, los vuelve irresistibles. Tomemos el tratamiento de la princesa Diana: la serie cristaliza su imagen como mártir rubia sacrificada en el altar de la institución real, reforzando así el mito popular en lugar de cuestionarlo. Como señaló el historiador Pierre Nora, hay una brecha insalvable entre la historia (los hechos verificables) y la memoria (el relato emocional que construyen las sociedades). La serie opta deliberadamente por lo segundo, creando una "verdad dramática" que, aunque alejada de los documentos oficiales, resulta más convincente para el espectador contemporáneo.


El filósofo Emmanuel Levinas diría que el rostro humano es donde reconocemos al Otro en su plenitud. La Corona hace de esto su leitmotiv oculto: desde la joven Isabel (Claire Foy) luchando por mantener la compostura mientras su mundo personal se desmorona, hasta la reina madura (Olivia Colman) cuya máscara pública se ha fusionado irrevocablemente con su identidad privada, la serie explora el precio psicológico de convertir el propio rostro en institución. Es lo que el sociólogo Erving Goffman llamaría "la presentación del yo" llevada al extremo regio: una performance que debe sostenerse las 24 horas del día, durante décadas.


Al final, el genio de La Corona reside en su capacidad para seducirnos con la misma magia que la monarquía británica ha empleado durante siglos. Nos hace creer que estamos viendo "la verdad" detrás del trono, cuando en realidad estamos consumiendo una versión aún más refinada del espectáculo real. Como escribió Nietzsche, "no hay hechos, solo interpretaciones". La serie es la última interpretación en una larga línea de narrativas que mantienen viva a la institución monárquica: primero fueron las crónicas medievales, luego los retratos oficiales, después la fotografía y la televisión, y ahora el streaming.


Cuando Peter Morgan, creador de la serie, afirma que hace "drama sobre personas reales" y no documentales, está continuando la tradición shakesperiana de convertir la historia en tragedia humana. Al mostrar a Isabel II dudando, sufriendo y enfureciéndose en privado mientras mantiene impecable la fachada pública, La Corona realiza un acto de alquimia narrativa: transforma la institución más rígida en un espejo donde el público puede verse reflejado.


Pero este espejo, como el de las antiguas ferias ambulantes, distorsiona lo que refleja. Nos hace pensar que conocemos los secretos del trono, cuando en realidad solo hemos sido iniciados en una nueva capa del misterio. Como escribió Jorge Luis Borges: "La democracia es un abuso de la estadística. La monarquía, un abuso del teatro". La Corona es ese abuso llevado a su máxima expresión artística —y por eso, en el fondo, no podemos dejar de mirar.

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