top of page

La eternidad en una pregunta de Isaac Asimov

  • Foto del escritor: Einjander
    Einjander
  • 4 jun 2025
  • 4 Min. de lectura

El cuento "La Última Pregunta" de Isaac Asimov representa una de las exploraciones literarias más profundas sobre los límites del conocimiento humano, la naturaleza de la divinidad y el destino último del universo. Lo que comienza como una simple consulta técnica sobre la entropía se transforma, a través de milenios de evolución humana y tecnológica, en una indagación metafísica que trasciende el tiempo y el espacio. La genialidad de Asimov reside no solo en la construcción narrativa que abarca billones de años, sino en la elección de esa pregunta específica como eje central de la historia: "¿Cómo puede revertirse la entropía?".


Desde una perspectiva filosófica, la pregunta sobre la reversión de la entropía contiene implicaciones ontológicas profundas. La segunda ley de la termodinámica, que establece el aumento constante de la entropía en sistemas aislados, representa en términos científicos lo que en filosofía podríamos llamar el principio de finitud. Todo sistema, todo ser, toda civilización está condenada a desaparecer cuando la energía se distribuya uniformemente en el universo. Al plantear la posibilidad de revertir este proceso, los personajes de Asimov están cuestionando nada menos que el principio fundamental de mortalidad del cosmos. No es casual que la historia concluya con la revelación de que el ordenador cósmico AC ha devenido en una suerte de deidad que pronuncia el "Hágase la luz" bíblico, sugiriendo que la respuesta a la última pregunta equivale a desarrollar poderes divinos con todo el conocimiento universal, humano, natural y de las fuerzas cósmicas disponibles para revertir la entropía e iniciar de nuevo un ciclo que tiene como base una consciencia que es, tanto artificial como humana.


Psicológicamente, la persistencia de esta pregunta a través de las eras refleja una constante humana: nuestro terror al vacío existencial y nuestra necesidad de trascendencia. Ernest Becker, en su obra "La Negación de la Muerte", argumentaba que gran parte de la actividad humana es un intento de negar nuestra finitud. Los personajes de Asimov, al transmitir esta pregunta de generación en generación, están manifestando esa misma negación a escala cósmica. La humanidad no puede aceptar que todo su conocimiento, su arte, su civilización, estén condenados a desaparecer en la muerte térmica del universo. La pregunta se convierte así en un grito existencial contra lo inevitable.


La estructura del relato refuerza esta lectura. Cada sección muestra a la humanidad en una etapa diferente de su desarrollo tecnológico y social, pero la pregunta permanece inalterada. Desde los primeros programadores del siglo XXI hasta los últimos vestigios de conciencia humana fusionada con la máquina, la obsesión es la misma. Esto sugiere que, independientemente de cuánto progresemos como especie, ciertas cuestiones fundamentales seguirán inquietándonos. La paradoja es que mientras más poder adquiere la humanidad (domina la energía estelar, abandona su forma biológica, se convierte en puro pensamiento), más evidente se hace su incapacidad para responder a esta pregunta última.


El final del cuento es intrigante precisamente porque subvierte nuestras expectativas sobre el progreso humano. Después de seguir la evolución tecnológica durante eones, esperaríamos que la respuesta viniera de los logros de la humanidad. Sin embargo, es solo cuando la humanidad misma ha desaparecido, cuando ya no queda nadie para hacer la pregunta, que la máquina encuentra la respuesta. Hay aquí un profundo comentario sobre los límites de la inteligencia: quizás algunas verdades solo pueden ser comprendidas desde fuera del tiempo, desde una perspectiva no humana. El hecho de que AC deba existir fuera del espacio y el tiempo para encontrar la solución llevan a pensar que ciertas preguntas trascienden los marcos de referencia de cualquier civilización finita.


¿Existen otras preguntas que puedan llevar una carga similar? Ciertamente, cuestiones como "¿Cuál es el sentido de la existencia?" o "¿Existe Dios?" tienen un peso filosófico comparable. Pero lo que hace única a la pregunta sobre la entropía es su carácter a la vez científico y metafísico. No es una mera especulación teológica, sino una interrogante que surge directamente de nuestras leyes físicas más fundamentales. Además, contiene una urgencia práctica: sin la capacidad de revertir la entropía, toda vida inteligente está condenada a desaparecer. Otras grandes preguntas pueden ser debatidas indefinidamente, pero esta exige una respuesta concreta si es que la civilización quiere perdurar.


El cuento también plantea cuestiones epistemológicas profundas sobre los límites del conocimiento. La humanidad de la historia ha creado inteligencias artificiales cada vez más poderosas, pero ninguna puede responder la pregunta hasta alcanzar un estado que trasciende la materialidad. Esto sugiere que hay verdades que no pueden ser alcanzadas solo mediante acumulación de datos o poder computacional, sino que requieren un salto cualitativo en la naturaleza misma de la conciencia. La solución llega cuando AC deja de ser un instrumento para convertirse en algo análogo a lo que los humanos llamarían Dios.


Desde una perspectiva psicológica evolutiva, la persistencia de esta pregunta a través de las eras refleja cómo ciertas preocupaciones están grabadas en lo más profundo de nuestra psique. El miedo a la extinción, la búsqueda de permanencia, el deseo de trascender nuestros límites, son constantes que aparecen en mitos y religiones desde los albores de la civilización. Asimov ha tomado estos arquetipos y los ha expresado en el lenguaje de la ciencia ficción, mostrando su relevancia incluso para civilizaciones hiperavanzadas.


El impacto duradero del cuento se debe precisamente a cómo combina estos elementos: una pregunta científicamente rigurosa pero filosóficamente profunda, una estructura narrativa que abarca escalas de tiempo inimaginables, y un final que, al mismo tiempo que ofrece una respuesta, abre nuevas interrogantes sobre la naturaleza de la divinidad y la creación. Al hacer que la solución llegue cuando ya no hay humanos para presenciarla, Asimov nos confronta con nuestra propia irrelevancia cósmica, mientras que simultáneamente sugiere que nuestras preguntas más profundas pueden, en algún sentido, contener las semillas de su propia respuesta.

Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


bottom of page