Los elfos de Tolkien y el mito de su inmortalidad
- Einjander
- 10 mar 2025
- 3 Min. de lectura
En el imaginario colectivo, los elfos de J.R.R. Tolkien son seres eternos, inmunes al paso del tiempo, habitantes de un mundo donde la decadencia no existe. Sin embargo, esta percepción, aunque seductora, es incompleta. La obra de Tolkien, vasta y minuciosamente construida, nos revela una verdad más compleja: los elfos no son inmortales en el sentido absoluto del término. Su existencia, aunque prolongada y ajena a las enfermedades que afligen a los hombres, está marcada por una fragilidad inherente, una conexión íntima con el mundo que los rodea y, en última instancia, por una forma de mortalidad velada.

Para comprender esta aparente paradoja, es necesario adentrarnos en la cosmogonía tolkieniana. En El Silmarillion, se nos explica que los elfos, conocidos como los Primeros Nacidos, fueron creados por Ilúvatar (el Dios supremo) como seres destinados a perdurar mientras el mundo perdure. A diferencia de los hombres, cuya vida está limitada por un tiempo breve pero cuyo destino final trasciende los confines de Arda (el mundo), los elfos están atados a él. Su inmortalidad, por tanto, no es absoluta, sino condicional: están ligados a la existencia del mundo mismo.
Pero ¿qué significa esta ligazón? En primer lugar, implica que los elfos no pueden morir por causas naturales, como la enfermedad o la vejez. Sin embargo, sí pueden perecer por la violencia, el dolor o el agotamiento del espíritu. Un ejemplo emblemático de esto es la figura de Fëanor, el elfo más talentoso y orgulloso de su linaje, cuya vida termina no por el paso del tiempo, sino por las heridas infligidas en batalla. Su muerte no es un fin natural, sino una consecuencia de su propia naturaleza apasionada y del peso de sus acciones.
Además, los elfos están sujetos a un tipo de desgaste espiritual que los hombres no experimentan. El mundo, a medida que avanza hacia su decadencia, los afecta profundamente. En El Señor de los Anillos, Galadriel confiesa a Frodo que, aunque los elfos han vivido durante milenios, sienten el peso de los años y la corrupción que Sauron ha sembrado en la Tierra Media. "Nosotros los elfos", dice, "deseamos preservar las cosas tal como son, pero el mundo cambia, y nosotros también debemos cambiar o marcharnos". Este desgaste no es físico, sino existencial: es el cansancio de un alma que ha visto demasiado y que, en última instancia, anhela descansar.
Este anhelo nos lleva a otro aspecto crucial de la "inmortalidad" élfica: su conexión con las Tierras Imperecederas, Valinor. Los elfos tienen la opción de partir hacia este reino, donde el tiempo no corroe y donde pueden vivir en paz. Sin embargo, esta elección no es una garantía de eternidad, sino una forma de escapar de la decadencia del mundo mortal. Valinor no es el cielo, sino un refugio temporal. Incluso allí, los elfos están sujetos al destino final de Arda, que, según la visión de Tolkien, está destinada a ser destruida y renovada.
Entonces, ¿son los elfos inmortales? La respuesta es sí y no. Su longevidad es incomparable con la de los hombres, y su resistencia al tiempo los hace parecer eternos. Pero su existencia está ligada a un mundo que, aunque vasto y majestuoso, es finito. Su inmortalidad es, en última instancia, una ilusión, una belleza efímera que resplandece con intensidad pero que, como todas las cosas en Arda, está destinada a desvanecerse.
En este sentido, los elfos encarnan una de las grandes tensiones de la obra de Tolkien: la lucha entre lo eterno y lo transitorio, lo perfecto y lo imperfecto. Su "inmortalidad" no es un regalo, sino una carga, un recordatorio de que incluso lo más bello y duradero está sujeto a las leyes del cambio y la decadencia. Y es en esta fragilidad donde reside su humanidad, su conexión con nosotros, los mortales, que también luchamos por encontrar significado en un mundo que, aunque imperfecto, está lleno de belleza.
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