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Pasado clonable para el futuro: del lobo terrible a Buda

  • Foto del escritor: Einjander
    Einjander
  • 18 abr 2025
  • 4 Min. de lectura

El reciente anuncio sobre la edición genética del lobo terrible, esa bestia que habitó las llanuras del Pleistoceno y cuya imagen aún vibra en el inconsciente colectivo como un eco del miedo primordial, no es simplemente un logro científico: es un presagio. La ciencia, como Prometeo moderno, no solo desafía las fronteras del tiempo, sino que se atreve a transgredir los límites de lo que considerábamos inviolable: la muerte, el olvido, la unicidad. Resucitar al lobo terrible no es traer de vuelta un animal extinto, es abrir un portal. Es la declaración implícita de que el pasado ya no nos pertenece solo en forma de memoria o ruina, sino también como posibilidad biológica.


Si un ser extinguido hace miles de años puede ser reconstruido a partir de fragmentos de ADN, de células antiguas como papiros microscópicos, entonces toda figura que haya dejado una huella orgánica sobre la tierra es, potencialmente, clonable. Nos enfrentamos a una cuestión que estremece tanto al biologista como al metafísico: ¿Y si clonamos a Buda, a Hermes Trismegisto, a Karl Marx, a Sigmund Freud, a Confucio, a Jesús? El dilema no es técnico, sino ontológico. No se trata solo de si podemos, sino de qué estaría renaciendo. ¿Una carne igual? ¿Una mente semejante? ¿Un alma replicada o una pátina vacía de originalidad? ¿Es el ser humano su biografía, su contexto, su doctrina, su alma o su código genético?


Clonar a Freud, por ejemplo, podría darnos un neuólogo vienés con mirada escéptica y manos de fumador empedernido, pero no necesariamente el padre del psicoanálisis. Sin la Viena del siglo XIX, sin la represión victoriana, sin la tensión entre ciencia y espiritualidad, el joven Sigmund podría dedicarse a la neurociencia computacional o a diseñar algoritmos de sueños artificiales. El genio, al igual que el perfume, necesita un frasco adecuado para conservar su esencia. No basta con la sustancia: hace falta el ritual de lo vivido.


Buda, nacido Siddharta, es tal vez el ejemplo más elocuente. Clonar su cuerpo significaría tener entre nosotros a un hombre con una disposición física idéntica, con potencial meditativo tal vez latente, pero sin el sufrimiento de los palacios de Kapilavastu, sin la exposición a la enfermedad, la vejez y la muerte que lo despertaron a la existencia. Tendríamos un hombre silencioso, acaso noble, pero no necesariamente iluminado. Lo mismo podría decirse de un clon de Jesús. Sin la Palestina ocupada por Roma, sin el desierto, sin los pescadores ni el Templo, sería un niño con una predisposición al carisma, pero no necesariamente el Verbo encarnado. Y aquí toca el asunto una dimensión inefable: la del alma. Porque si el alma es más que la suma de los procesos neuronales, si hay en cada ser humano una chispa única, entonces la clonación no puede garantizar sino una máscara. ¿Podría habitar la misma alma dos cuerpos? ¿O el clon es un gemelo vacío de destino?


En el caso de figuras como Marx o Confucio, podríamos imaginar escenarios provocadores. Un Marx reencarnado en pleno siglo XXI, testigo del colapso ecológico, de las criptomonedas, de la inteligencia artificial, ¿sería aún comunista? O tal vez reinventaría la teoría de la plusvalía para aplicarla a las emociones humanas. Confucio, sabio del orden y la armonía social, podría encontrar en las redes sociales un campo de estudio de las nuevas patologías del ego y la fragmentación del sentido de comunidad. Pero en todos estos casos, lo que resucita no es el pasado, sino una nueva mutación del presente.


La clonación de grandes figuras históricas plantea, por tanto, un dilema doble: el del poder y el del sentido. Tener en nuestras manos a estos gigantes no significa comprenderlos, ni mucho menos repetir su impacto. Es probable que un nuevo Hermes Trismegisto, con su sabiduría hermética, hoy sería ignorado entre las tendencias virales, o reducido a un youtuber de esoterismo barato. La reverencia se ha diluido, y el saber profundo ya no impone. Vivimos en una era donde el conocimiento es una mercadería, no un camino de iniciación.


Pero acaso el peligro más sutil no es la decepción, sino la arrogancia. Clonar es pretender que podemos convocar la historia a nuestro antojo, como si el tiempo fuera un archivo digital. Es confundir la reanimación con la resurrección, el dato con el destino. La ciencia, en su brillo más temerario, corre el riesgo de devenir en nigromancia: no ya por invocar a los muertos, sino por creer que su retorno sería fiel. Y sin embargo, la tentación persiste. Porque el hombre moderno, huérfano de mito, busca en la carne la redención que antes encontraba en el espíritu.


La clonación del lobo terrible es un ensayo general de esta tragedia que se avecina. No porque el lobo regrese con rabia, sino porque nosotros lo hemos convocado no como testimonio del pasado, sino como fetiche de nuestra soberbia. Si el lobo regresa, lo hará en un mundo sin presas ni manadas. Si los sabios regresan, podrían hacerlo en un mundo sin oídos ni sed de verdad. Lo clonado, como lo imitado, nunca es del todo fiel. Y la verdad, como el alma, no se replica. Se encarna. Una sola vez. En el tiempo justo. Y con el precio de lo irrepetible.

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