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Teuchitlán y el silencio de los hornos: una herida abierta en el alma de Jalisco

  • Foto del escritor: Einjander
    Einjander
  • 10 mar 2025
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 15 mar 2025

En el municipio de Teuchitlán, Jalisco, la tierra guarda secretos que gritan en silencio. Recientemente, el colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco descubrió en el rancho Izaguirre un sitio que parece salido de las pesadillas más oscuras de la humanidad: un crematorio clandestino. Entre los escombros del horror, se encontraron alrededor de 400 zapatos, prendas de vestir, libretas y otros objetos personales, testimonios mudos de vidas truncadas. Tres hornos improvisados y restos óseos calcinados completan el cuadro de una tragedia que, lejos de ser aislada, refleja una crisis sistémica que ha convertido a Jalisco en el epicentro de las desapariciones forzadas en México, con más de 15,000 personas desaparecidas, según la Comisión Nacional de Búsqueda.


La escena evoca escenarios perturbadores: gritos ahogados que el gobierno quiere silenciar con ineficiencia.
La escena evoca escenarios perturbadores: gritos ahogados que el gobierno quiere silenciar con ineficiencia.

Este hallazgo no solo expone la brutalidad del crimen organizado, sino también la ineptitud—o complicidad—de las autoridades. En septiembre de 2024, la Guardia Nacional intervino el mismo rancho, detuvo a 10 personas y liberó a dos secuestrados, pero inexplicablemente pasó por alto los hornos y los restos humanos. El fiscal estatal, Salvador González de los Santos, justificó esta omisión citando la extensión del terreno, una explicación que, ante la magnitud del horror, resulta insuficiente y evasiva.

Los colectivos de búsqueda, héroes anónimos que recorren los márgenes de la desesperación, han señalado con amarga regularidad cómo encuentran fosas y restos humanos en lugares previamente "inspeccionados" por las autoridades. Esto no solo pone en tela de duda la eficacia de las investigaciones oficiales, sino que deja un aire pesado de una inquietante posibilidad: la omisión intencional. ¿Hasta qué punto el Estado, en su incapacidad o indiferencia, se ha convertido en cómplice de esta maquinaria de muerte?

Desde una perspectiva filosófica, este caso nos confronta con la fragilidad de la existencia y la banalidad del mal, conceptos que Hannah Arendt exploró al analizar los crímenes del nazismo. Aquí, la burocracia y la negligencia operan como mecanismos que normalizan la violencia, reduciendo a las víctimas a meros números en un informe. Los zapatos y las libretas encontradas en Teuchitlán no son solo objetos; son símbolos de identidades borradas, de historias interrumpidas, de un duelo que nunca encontrará consuelo.

Pero también hay una dimensión ética que no podemos ignorar. Emmanuel Levinas nos recordó que el rostro del otro nos interpela, nos exige responsabilidad. En Jalisco, esos rostros han sido reducidos a cenizas, pero su ausencia nos grita, nos exige justicia. Los colectivos de búsqueda, con su labor incansable, encarnan esa responsabilidad ética, mientras que las autoridades parecen haberse olvidado de ella.

Este hallazgo no es solo una noticia; es un espejo que refleja la descomposición de un sistema, la indiferencia de un Estado y la resiliencia de quienes, ante el horror, no se resignan al silencio. Teuchitlán es una herida abierta en el alma de Jalisco, pero también un llamado a la acción, a la memoria y, sobre todo, a la justicia.

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