Trump en Latinoamérica: dos caras de una moneda
- Einjander
- 15 abr 2025
- 3 Min. de lectura
Hay presencias que, sin cruzar una frontera, alteran el curso de la historia. Donald J. Trump, con su personalidad que combina la gestualidad de un actor de Broadway y el estruendo de un caudillo moderno, ha dejado una impronta que no se limita a los confines de su nación. Su figura, polarizadora hasta en el suspiro más neutro, ha sido a la vez espejo y amenaza para los pueblos de Latinoamérica. Es posible trazar su influencia con la delicadeza de un pincel renacentista o con la crudeza de un cuchillo que rebana un viejo mapa geopolítico: ambas visiones existen, y ambas definen lo que podría ser el destino de un continente eternamente suspendido entre la promesa y la frustración.
Trump representa, para muchos en la región, una paradoja. Es la encarnación de un sistema que han aprendido a desconfiar y a admirar al mismo tiempo: el capitalismo sin filtros, el liderazgo sin matices, el nacionalismo que se traviste de proteccionismo, y el discurso político reducido a slogans que se viralizan como evangelios. Desde el ascenso de Trump, el lenguaje político latinoamericano también se ha contagiado de su estilo: los presidentes que aspiran a ser "outsiders", que reniegan de la prensa como si fuera un enemigo invisible, que apelan al pueblo desde la emocionalidad más primaria y que reducen los problemas complejos a binarismos morales.
La influencia de Trump en Latinoamérica no se limita a un mimetismo discursivo. El efecto ha sido económico, diplomático, ideológico y hasta estético. En el escenario optimista, podríamos imaginar una Latinoamérica que aprende del juego del poder al estilo Trump y lo emplea para su emancipación. Un continente que deja de mendigar migajas en la mesa del Norte, que desarrolla una política exterior asertiva, donde los países negocian con inteligencia, sin complejo de inferioridad. Una región que toma las armas del pragmatismo, la estrategia comercial agresiva, y la soberanía narrativa para fortalecer su industria, atraer inversiones no condicionadas y exigir respeto en la escena global.
Analistas como Jorge Castañeda o Moisés Naím han sostenido que el populismo, aunque destructivo a largo plazo, tiene una potencia pedagógica en el corto: enseña a los pueblos a no delegar ciegamente, a desconfiar de los tecnócratas, a exigir narrativas. En este sentido, la estela de Trump podría abrir en Latinoamérica una nueva era de lucidez popular: los votantes se han vuelto más exigentes, más cínicos, más atentos al espectáculo político. Se ha roto, en parte, el hechizo de los expertos y de los partidos tradicionales. En este juego de espejos, Trump no ha sido maestro, sino catalizador: su desmesura ha obligado a los demás a recalibrar su mesura.
Pero el otro rostro de esta moneda es inquietante. En el escenario más pesimista, la sombra de Trump acentúa las fracturas que ya existen en Latinoamérica. La idea de construir muros no es solo física: es también una doctrina. La exclusión del otro, la criminalización del migrante, el desprecio por los organismos multilaterales, la glorificación del hombre fuerte y la demonización de la prensa han encontrado eco en gobiernos que no necesitaban muchos pretextos para abrazar el autoritarismo. La democracia se vuelve un accesorio incómodo, la diversidad un obstáculo para la homogeneidad ideológica, y el disenso un enemigo a silenciar.
Las consecuencias económicas no son menos severas. El proteccionismo trumpista, la guerra comercial con China, y la hostilidad hacia el multilateralismo pusieron a prueba la fragilidad de los mercados latinoamericanos. Los tratados se renegociaron bajo amenaza, las remesas fueron objeto de chantaje, y la política migratoria se endureció hasta niveles infrahumanos. Muchos gobiernos, ante el temor de perder el beneplácito de Washington, adoptaron posturas sumisas que comprometieron su soberanía. En nombre de la estabilidad, sacrificaron dignidad.
Sin embargo, quizá la influencia más profunda de Trump sobre Latinoamérica sea la cultural. Nos ha forzado a mirarnos en un espejo que deforma y, sin embargo, revela. Nos ha hecho preguntar, con más urgencia que nunca, quiénes somos frente al otro. Nos ha obligado a redefinir el sueño americano, no como destino geográfico, sino como aspiración ética. Y también nos ha recordado, con brutal sinceridad, que el poder no necesita ser elegante, ni justo, ni sabio para ser efectivo. Basta con ser audaz, y en esa audacia, muchos ven un modelo, aunque se trate de una pérdida de inocencia.
Latinoamérica, ese cuerpo extendido que palpita entre la esperanza y la melancolía, no ha sido ni será la misma desde la irrupción de Trump. Su legado, como un perfume fuerte, permanece en el aire mucho después de que el portador se ha marchado. Y en esa fragancia ambigua se mezclan la promesa de una independencia más audaz y el temor de una sumisión más disfrazada. Como en toda historia verdaderamente humana, la moneda sigue girando en el aire.
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